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Ves... sientes cómo
el otro desenfunda la navaja. El único rayo de luz que desde el poste del
alumbrado público se filtra, llega reventado y molesto hasta el lugar donde ahora
estás.
Desde arriba, desde la orilla
de la calle principal llega a tus pupilas no exactamente como un destello, la
luz que rebota sobre el filo de la hoja. Lo percibes como a un martillazo sobre
la frente, en medio de los ojos.
Un hilo de sangre empapa tu
camisa mientras caes lentamente, sin angustias.
—Te estaba esperando —te dice
al oído, como si fueras el más lúcido de sus confesores.
—Lo sabía —respondes como
despertando de tu penúltima pesadilla.
—Podías haberte demorado en
salir… No puedo perdonar que des papaya, a estas horas… —dijo el hombre, como
si en el balance, saliera ganando su navaja.
Entre tanto, la madrugada ya da
espera a que tus músculos se conviertan en carne, como dicen que prefieren los
adictos a la buena mesa; y a que tus huesos inicien, en la furgoneta, el camino
de la morgue.
En la radio dirán que van
triunfando las políticas de seguridad ciudadana… que, en la ciudad, el índice
de homicidios rebajó de un modo ostensible: de diez a sólo un muerto en esta
noche.
LEÓN VALLEJO OSORIO
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