martes, 22 de abril de 2014



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Ves... sientes cómo el otro desenfunda la navaja. El único rayo de luz que desde el poste del alumbrado público se filtra, llega reventado y molesto hasta el lugar donde ahora estás.
Desde arriba, desde la orilla de la calle principal llega a tus pupilas no exactamente como un destello, la luz que rebota sobre el filo de la hoja. Lo percibes como a un martillazo sobre la frente, en medio de los ojos.
Un hilo de sangre empapa tu camisa mientras caes lentamente, sin angustias.
—Te estaba esperando —te dice al oído, como si fueras el más lúcido de sus confesores.
—Lo sabía —respondes como despertando de tu penúltima pesadilla.
—Podías haberte demorado en salir… No puedo perdonar que des papaya, a estas horas… —dijo el hombre, como si en el balance, saliera ganando su navaja.
Entre tanto, la madrugada ya da espera a que tus músculos se conviertan en carne, como dicen que prefieren los adictos a la buena mesa; y a que tus huesos inicien, en la furgoneta, el camino de la morgue.
En la radio dirán que van triunfando las políticas de seguridad ciudadana… que, en la ciudad, el índice de homicidios rebajó de un modo ostensible: de diez a sólo un muerto en esta noche.
LEÓN VALLEJO OSORIO

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