viernes, 9 de mayo de 2014
jueves, 1 de mayo de 2014
IGUALDAD O DESIGUALDAD, ESA ES LA
CUESTIÓN
Luis
Ulloa Morel
La desigualdad es la más infame de las creaciones
humanas. Una
doble creación: el hecho radical de hacer de unos los dueños y herederos de
derechos, ante todo el de vivir a costa de los demás, y las ideologías que
hacen de la injusticia condición más o menos natural, cuando no obra misma de
los dioses, y contra la que cual nada serio debería intentarse.
Abraham
Lincoln dijo alguna vez que todos somos iguales al nacer pero que era última
vez que lo habríamos de serlo. Nada más cierto. Con ello admite el venerado
presidente yanqui aquello que Rousseau había proclamada apasionadamente en casi
toda su obra: “Todo está bien –escribió el suizo-- al salir de las manos del
autor de la naturaleza, pero todo degenera al contacto con el hombre”. Solo una
humilde corrección: no se trata del hombre, en abstracto, sino de la sociedad,
es decir, los sistemas sociales concretos…
Aristóteles quiso convencernos del carácter natural
de la esclavitud así como de la condición de libres. Hace dos mil 400 años
difícilmente algún pensador griego podía sustraerse de semejante opinión. Han
sido el prestigio y el peso del estagirita los factores que por siglos han
hecho fijar la atención en semejante supuesto. Pero precisamente este
peso y este prestigio que hoy reconocemos prueban que las diversas ideologías
de la desigualdad no han sido creadas para simple adorno. La hecatombe indígena en las Américas, vale decir, la muerte y
sometimiento inenarrable de decenas de millones de seres humanos, contó nada
menos que con el aliento de sectores intelectuales que echaron manos a la
teoría aristotélica (y tomista) de marras como telón argumental de fondo de la
por ellos llamada “legítima conquista”. ¿Qué eran estos pueblos sino aglomeraciones de “seres inferiores”, para
colmo “idólatras”, a los que en justicia solo cabría esclavizar? (La
histórica y prolongada polémica de Juan Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de las
Casas es bastante ilustrativa).
La idea de igualdad espanta. Hace saltar de sus asientos a mucha gente que con más o menos rapidez sabe sin embargo salir en busca de contraejemplos digamos que en la sabia Naturaleza. El más a mano de los desmentidos suele hallarse precisamente en los dedos de las manos: fijaos bien en lo dispar de esos cinco soldados naturales. La prueba no admite remilgos: la desigualdad viene dictada por Natura.
La idea de igualdad espanta. Hace saltar de sus asientos a mucha gente que con más o menos rapidez sabe sin embargo salir en busca de contraejemplos digamos que en la sabia Naturaleza. El más a mano de los desmentidos suele hallarse precisamente en los dedos de las manos: fijaos bien en lo dispar de esos cinco soldados naturales. La prueba no admite remilgos: la desigualdad viene dictada por Natura.
Ahí solo falta un detalle: que me digan a cuál o a
cuáles de los cinco dedos la madre Natura le confirió especiales privilegios y
a cuáles nombró como esclavos o al menos clases inferiores.
De todos modos, quienes pretendan justificar la
desigualdad no deberían ignorar que la igualdad humana no es un
concepto matemático, ni físico ni biológico sino uno antropológico, ético y
jurídico. Igualdad
es la condición por la que todos y todas somos parejamente dignos de derechos
en tanto seres humanos. Es incluso lo que más o menos proclaman todos los
candidatos del mundo y aseguran todos los mandatarios que reina en sus
respectivos países. También es lo que la llevada y traída Declaración Universal
de los Derechos Humanos establece como norma para todo el mundo.
Lo malo y
lo bueno de esto es que al papel lo aguanta todo. Muy malo que se hable y
escriba dando cuenta de una igualdad –justicia social es el sobrenombre más
usado-- inexistente en la mayor parte del globo. Pero ello significa a su vez
que desde hace buen tiempo el problema principal no es ya teórico, al menos
como hecho público, como propósito confesable. Los neoliberales, por ejemplo, juran que el libre mercado, si no lo
molestan, derramará oportunidades y justicia para todos. Así que estamos, al
parecer, en buen momento: ¿no será cuestión ahora de solo de fórmulas
prácticas?
En todo
caso, de fórmulas prácticas… ideológicas. Problemas de nuevo; en verdad,
modernamente hablando, ahí empiezan los verdaderos problemas. Se me ocurre, por
ejemplo, la pregunta sobre el derecho de propiedad privada de los medios
productivos: ¿cómo encajar una fórmula
conducente a relaciones igualitarias si de antemano se asume este derecho como
criterio central y “sagrado”? Algún apresurado pensará que me dispongo a
desembocar en el socialismo como única alternativa. Por el momento solo
pregunto sobre el lugar de un tal derecho en un mundo que se pretendiera
igualitario…
Semejante
sociedad no es tanto aquella que se ocupa de igualarnos sino sobre todo aquella
que crea las condiciones que evitan la desigualdad. Es pasar del reconocimiento
verbal de que todos tenemos de derechos por igual a disponer los mecanismos que
supriman los privilegios de unos cuantos que a su vez han de colocarse en
ventaja, por encima y en contra de los demás y que en cambio garanticen las
oportunidades del universo. No se trata
de la ingenua y vulgar pretensión de que todos tengamos idénticos ingresos,
vestidos, niveles culturales y creencias, estilos de diversión, e idénticas
viviendas y alimentos, sino de que nada le impida a nadie la oportunidad
efectiva de tener lo necesario para una vida digna.
La
dificultad crucial para que se haga realidad semejante estado de cosas –grosso
modo aceptable por todo el mundo… en el papel-- radica en la existencia de
gente, clases, “razas”, naciones y poderes que se piensan bastante más iguales
que los demás. Cualquier igualdad que sea a partir de reconocer que ellos son
más iguales, y, sobre todo, a partir del derecho a ampliar el abismo entre los
más y los menos “iguales”, en concreto, por ejemplo, vía el derecho a vivir del
esfuerzo ajeno.
Seamos
directos. La ideología de la desigualdad sigue siendo en su fondo la misma que
condujo digamos que a un Aristóteles a separar en libre y esclavos a los
hombres por designio de la Naturaleza o de algún dios, aunque tales “designios”
no sean obra más que de despojos, violencias y crímenes cometidos una y otra
vez, hace mucho o poco tiempo. “Detrás
de toda gran fortuna hay un crimen”. A esta sentencia de Balzac yo
agregaría: un crimen que se está
dispuesto a defender con otros crímenes. Nada es más violenta que la
desigualdad hecha intereses y hecha ideología. Perder privilegios hace perder
las composturas. Es lo que le pasa a la oligarquía y a parte importante de la
oposición venezolana. Temo que esa descompostura seguirá generando violencia.
LA SATURACIÓN ECONÓMICA DEL
BIENESTAR HUMANO
Como es
sabido, buena parte de nuestro bienestar humano se sostiene sobre la
posibilidad que tengamos de cubrir determinadas necesidades materiales;
necesidades que, bajo una economía de mercado, son cubiertas a través del
consumo. Sin embargo, las desigualdades existentes en el mundo hacen que las
oportunidades de llevar a cabo acciones de consumo no sean iguales para todos,
siendo siempre mayores en las naciones más ricas y “desarrolladas”; es decir,
en las naciones con mayor PIB per cápita.
A pesar
de que el PIB ha sido tradicionalmente utilizado para hacer comparaciones
internacionales de progreso social y de bienestar humano, han sido muchos los
investigadores que han criticado esto, preguntándose en qué medida los ingresos
medios de un país pueden realmente reflejar el bienestar humano de sus
ciudadanos. Estas críticas hacia el PIB como indicador de progreso pueden
resumirse en las siguientes: a) al tratarse de una media aritmética no
contempla la desigualdad social; b) no incorpora otros elementos que influyen
mucho en el bienestar como la esperanza de vida, el tiempo de ocio disponible o
la degradación ambiental; c) no contabiliza la producción obtenida mediante el
trabajo sumergido o la que no está contemplada por los mercados (como el
trabajo doméstico o voluntario); y d) computa aspectos que no generan bienestar
(como los gastos militares) a la vez que ignora aspectos que sí lo generan (como
el patrimonio artístico).
Aunque
existen trabajos que discrepan, los estudios realizados hasta la fecha sobre la
relación existente entre los ingresos y el bienestar humano han mostrado cómo a
partir de un determinado umbral (situado entre los
$ 26.000.000
y los $ 38.000.000 anuales por persona) el incremento de los ingresos ya no
contribuye a mejorar la calidad de vida de las personas (1). Es decir, existe un umbral por encima del
cual la relación ingresos–bienestar desaparece, y a partir de aquí más dinero
ya no significa más satisfacción con la vida.
¿Cuantos colombianos están en
este umbral si el salario mínimo en un año es $7.392.000 y la informalidad
menos del salario mínimo es de 60% de los trabajadores?
No
obstante, es importante resaltar que por debajo de los 13.000 dólares anuales
por persona sí que se da esta relación proporcional entre el PIB per cápita y
la satisfacción con la vida. En este caso pequeños incrementos en la renta
conllevan grandes aumentos en la satisfacción de vida. Es decir, ingresos y
bienestar sí evolucionan de forma paralela, al destinarse en estos casos
prácticamente la totalidad de los ingresos a satisfacer las necesidades más
básicas, que son las que influyen de una forma más determinante sobre nuestro
bienestar (como
es comer cuando la alimentación no es una acción asegurada).
De
cualquier manera, una vez que se han alcanzado unos ingresos determinados,
necesarios y suficientes para garantizar el acceso a los materiales básicos
para una vida buena, el incremento en los mismos ya no lleva aparejado
incrementos relevantes en la calidad de vida. En este caso se pueden incrementar enormemente los ingresos sin que
ello conlleve respuesta alguna sobre el bienestar humano.
Diener y
Seligman calcularon la correlación existente entre la satisfacción media con la
vida y el PIB per cápita para aquellas naciones cuyos ingresos medios eran superiores
a los 10.000 dólares anuales. La correlación que obtuvieron fue insignificante;
lo que confirma el casi nulo efecto que los ingresos tienen sobre el bienestar
humano una vez se han cubierto las necesidades más básicas (2).
Las
naciones más ricas y “desarrolladas” sobrepasaron este umbral de saturación
hace tiempo, pues siendo su ingreso medio anual per cápita bastante superior a
los 13.000 dólares, el bienestar humano y los niveles declarados de
satisfacción subjetiva con la vida no solo no se han incrementado en las
últimas décadas sino que parecen incluso estar descendiendo. Ejemplos de esta
relación han sido bien reportados en algunos países como EEUU y Japón, donde, a
pesar de haberse triplicado entre 1950 y 2002 el salario medio del primero –y
multiplicado por 5,4 en el segundo entre 1958 y 1988– la felicidad declarada
permaneció prácticamente constante en ambos países
La asunción por parte
del actual modelo hegemónico de que el crecimiento de la economía y su asociada
capacidad de consumo es la clave para mejorar nuestro bienestar es una gran
falacia. Esta falacia constituye además
uno de los mayores obstáculos para alcanzar un bienestar humano sostenible y
bien repartido en el mundo, pues a medida que determinadas naciones se hacen más
y más ricas no solo no logran mejorar su bienestar, sino que encima –y bajo una
realidad planetaria de recursos finitos e inequidad– contribuyen a un aumento
en la privación de recursos para el resto del mundo.
Por todo ello, aspirar
hoy a lograr un mundo mejor significa trabajar por que las naciones más ricas
reduzcan su opulencia aceptando estilos de vida menos ambiciosos y
derrochadores en aras de la felicidad global, la sostenibilidad ecológica y la justicia
social
Notas: Mateo Aguado es Investigador
del Laboratorio de Socio-Ecosistemas de la Universidad Autónoma de Madrid
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